En el sendero de la vida, hoy pueden recordar, el inicio de una aventura llena de armonía, amor y muchas ilusiones por realizar. Cuando todo estaba preparado iniciaron el camino más importante y el que más le hubo de costar.
Este sería sin duda el llenar de nuevas vidas su hogar. Hacer de su morada un nido en el que poderse cobijar.
No paso mucho tiempo y un rayo de sol ilumino enseguida su existencia. Era inquieto, alegre, vivaz. Se diría que una brizna de luz embolia su casa.
De pronto, su actividad era estar pendientes de aquel torbellino y aunque la felicidad era patente, también el esfuerzo y la responsabilidad los desbordaba, de tal modo, que les costo y mucho adaptarse a esa insólita situación. Pero por nada ni nadie, cambiarían aquel ser diminuto, que hizo de su presencia, un horizonte más amplio, más rico y puro que nunca pudieran imaginar.
Pasado un tiempo, alguien más llego a refugiarse con ellos. Siendo esta vez una preciosa niña: delicada, sonriente y tan llena de vida; que los hizo vibrar, sentirse tan plenos y llenos de una inmensa felicidad. Esto significaría otro reto con el que lidiar.
Pero no importaba, son luchas con las que tenemos que bregar y así recibir el fruto que podamos disfrutar.
Y con premura, se pusieron a iniciar el camino que los llevaría dichosos hacia lo hermoso y verdadero de la vida.
Eran dos, los que rondaban por doquier y hacían de sus vidas, una verdadera aventura en las que en momentos no sabían cómo actuar. A menudo se preguntaban: ¿Estaremos haciéndolo bien o mal?. Como la respuesta no estaba clara, seguían caminando con pasos inseguros y con miedo a poderse equivocar.
El manual no es legible y es difícil de descifrar. Pero una cosa si tenían segura, el inmenso amor que les podían dar, esto al menos nunca les faltara.
Pasaron cuatro años y no sabían bien pero algo faltaba en ese puzzle para completar. Pensaron en un tercero. ¿Sería eso quizás?. No querían que estuviesen solos. Una tercera opinión en momentos difíciles siempre puede ayudar.
Esta vez se vieron sorprendidos por una infinita dulzura. De pronto, contemplaban unos ojos verdes como el mar, serena, apacible; que solo con mirarla te trasmitía una inmensa paz. Estaban asustados, ¡donde se habían metido esta vez¡. Cada instante sería más difícil, más arriesgado; pero en cambio, aunque el reto era complejo, no era el tiempo de abatirse, sino de luchar con los momentos que se pudieran presentar.
Pasaron los años, con desvelos y esmeros para que todo saliera bien.
Sin apenas darse cuenta ya eran mayores. Se habían formado en personas con valores, llenos de sabiduría y un saber estar, que los convirtió entrañablemente en seres sensibles y solidarios con los demás.
Cuando todo parecía ir sobre ruedas… La alegría quiso volar, la dejaron levantar el vuelo, muy a su pesar. Sabían que tenía que irse, era por su bien y no más. En cambio una parte de sus vidas con ella se les va, dejándoles un vació que nunca pudieron sospechar.
La dura prueba de su ausencia, se fue apaciguando al ver su felicidad; se decían constantemente: ¡que poco la podemos disfrutar¡. Era nuestra alegría y nos daba armonía en los momentos difíciles que la vida te da.
De momento y como si de magia fuera, la luz que les iluminaba, también se quiso emancipar y se sintieron sin saber reaccionar ante lo acaecido, es lógico y es natural, se decían, más ¿cómo se puede uno preparar ante lo evidente?. Les vino tan de sorpresa, no lo esperaban, estaban acostumbrados a su sabiduría, a su bondad. Verse de pronto sin él es arduo de asimilar. Si no puedes vivir sin luz, sin alegría, sin paz; como llevar esta andadura, en un sendero, a veces crudo y duro por la propia inercia de las huellas al andar.
¿Y si algún día, lo que les da una inmensa calma y paz, se va?, ¿Que será entonces, que será?...
Tendrán que preparar de nuevo el nido, para poder cobijar a los nuevos retoños, que sin duda les darán.
Volverá la alegría y la casa de nuevo brillara, encontraran otra vez la calma y la paz volverá a reinar.


